Algunas cosas que me enseñó mi gata Grecia

Sí, estaba tomando leche de un vasito para jarabe

Grecia llegó a mi vida a principios de noviembre. Medía quince centímetros del hocico a la cola y caminaba a trompicones, tambaleándose. En cuanto entró al departamento, durmió su primera siesta bajo el cuello de Flor, quien por ese entonces compartía habitación conmigo. Si la dejábamos en su cucha, chillaba con una fuerza que parecía imposible que habitara en ese ser tan chiquitito. Comía despacito porque se atragantaba, y había que ponerle el plato de agua en el hocico para que tomara.

Los primeros días de Grecia en casa pasaron volando. Ella me enseñó que las gatitas tan chiquitas necesitan tomar una leche especial, diferente a la que tomamos los humanos. Que si no toman esa leche sus huesos pueden crecer frágiles, y quebrarse al menor golpe. Y como yo quería que Grecia creciera fuerte, le preparé su leche (vean la receta que usé acá).

Sus uñitas como alfileres me arruinaron unas cuantas remeras. Así que Grecia me enseñó cómo usar un hilo y una aguja para arreglarlas, y así ella pudiera seguir arruinándolas. También me susurró que las gatitas se aburren viviendo en departamentos, y que necesitan juguetes para entretenerse. Así que aprendí a construir rascadores, rompecabezas y péndulos gatunos (algunas ideas acá), aunque ella siguió jugando con las bolitas que hacíamos con las bolsitas del supermercado.



Después, cuando llegó el mes de diciembre, y Grecia ya medía unos buenos 35 centímetros de la cola al hocico, me enseñó que las gatitas aman sus casas y que mudarse las estresa. Que viajar 250km adentro de un bolsito y habiendo tomado calmantes la hacía ver muy triste. Que una gatita en ese estado sólo quiere dormir en paz, acurrucarse en paz, esconderse en paz, y que mi mejor aliada sería la paciencia. Así que esperé, y esperé, y esperé. Muchos días estuvo Grecia acurrucada bajo mi cama. Pocas veces salió a comer. Y yo lo único que podía hacer era esperarla (vean cómo aprendí a hacerle más llevadera la mudanza acá).

Hasta que un día, Grecia me enseñó que toda espera tiene su recompensa. Asomó su hociquito bicolor, olisqueó el aire, y muy agazapada fue saliendo de su escondite para empezar a conocer el mundo. Su nuevo mundo.



Y así como empezó, no la paramos más. Primero cazó bichitos. Después correteó por el pasto saltando como una leona. Empezó a trepar sillas, arbustos, árboles. Un día trajo una ratita a casa, y jugaba con ella pisándole la cola. Al siguiente apareció relamiéndose y toda cubierta de plumas. De a poco dejó de dormir en mi cama, y se mudó al piso de abajo, donde está su cuchita. Es toda una gata independiente, aunque no tiene más de 3 meses, la muy agrandada.

Grecia me sigue enseñando cosas: a no ser sobreprotectora, a no esperar siempre lo peor, a confiar en que el tiempo puede formar las amistades más extrañas (como la de ella con mi caniche, Fidel). Primero me enseñó a hacer cosas, ahora me enseña a ser cosas. Y estoy segura de que puede enseñarme un montón de cosas más.



¿Qué me dicen, comentaristas? ¿Tienen alguna maestra como Grecia en sus casas? ¿Un maestro quizá? Puede ser de cualquier especie. ¡Háblenme de ellos en los comentarios!

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1 comentarios

  1. ¡Oh, qué ternura! Y qué bonito lo has contado :)
    Yo también tengo la suerte de compartir mi vida con una gran maestra; Loula, una labrador adulta con mente de eterno cachorro :D
    Besos.

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